Día Uno
Publicado por Christian Avalos en 21 Agosto 2008
Qué tal. Yo soy Reo Libre, y esto no es El francotirador… Sin embargo, me gustaría, de tener la oportunidad, entrevistar a alguien conocido (alguien a quien reconoceríamos en la calle diciendo “ahí va el de la tele…”) y preguntarle “¿Alguna vez has ido a la calle Azángaro?”. Por supuesto, si lo hicieron, igual dirían que no. Porque no es muy bonito –para nadie– decir que se estuvo en una calle conocida no por las “amiga-llamada-llamada”, no por las copias a cero treinta y tres (esto claro, sí es conocido en las facultades de derecho de Lima y en otras más), no por la venta de libros jurídicos, sino más bien por el viejo arte de falsificar documentos y no morir en el intento. Entonces, solo los abogados (además de toda la gente honorable que trabaja y vive en la décima cuadra de dicha calle, que desemboca a un lado de Palacio de Justicia) podrían decir que estuvieron ahí por ser la inevitable ruta hacia la Madriguera Mayor, y porque ahí que el restorán del chino, de seis soles el menú, el Pasaje de la tía Veneno (tres cincuenta segundo más antídoto, es decir, refresco) o el aristocrático Arturo, tradicional y punto obligado del gordito Gastón Acurio aquella vez que hizo su paseíto butifarrero por el centro de Lima.
Yo sé quién diría que estuvo por ahí: Lourdes Flores Nano, y yo le diría cuándo: el sábado 16 de agosto de 2008, en aquel desfile, hijo delirante del más puro non-sense limeño, cívico de cruzada contra la corrupción y contra la falsificación de documentos. Pasó delante de mí, debajo de mí, en verdad, yo la observaba desde mi discreto segundo piso, detrás de una banderola con frases alusivas a la causa: abajo la corrupción, badabí, badabá.
¡Aguanta!, dirán los vivos, o sea que tú, chistoso, estuviste en esa callecita, y por lo visto muchas veces. Claro, soy estudiante de Derecho, trabajo de asistente editorial de una editora jurídica y además saqué copias un par de veces en esa callecita. Además de que me serví de ella para escribir algunas anécdotas en mi anterior blog de Reo Libre. He visto salir al sol entre las nubes de esmog citadino, lo he visto hundirse entre las ruinas del Paseo de los Héroes Navales; vi a Judas calato por el susto del quince de agosto del año pasado y he visto a un chino que toca una batería invisible bajarse un porro de mixto (catastrófica mezcla de marihuana meada, gras de parque, talco para pies, PBC, querosén y requesón) en dos pases de timbales, platillos y bombo gaseosos.
Así que algo de razón debo tener cuando afirmo lo que otros ahí ya saben: el negocio (paradójica palabra, ya que los tramitadores de esa calle son los más grandes vagos que conozco, que no creo que sepan que “negocio” viene de nec y otium, o algo así como ‘no-ocio’) no puede parar. Y por más en que se esfuercen en hacer creer a la gente de que la presencia policial en esa calle asegura la disminución de la falsificación de documentos, esa es una gran mentira. Porque la “protección policial” empieza en la esquina de Aljovín y Azángaro, y los tramitadores arreglan en la esquina de Paseo de la República y Aljovín (en otras palabras, a menos de cincuenta metros de donde está la tombería): están en Lampa, Roosevelt e, increíblemente, en el Parque Universitario. Conviven con los tramitadores, hasta almuerzan con ellos. Solo cuando ya hay mucho roche hay una redada o un amague de “te ampayé” que acaba solo algunas horas después. Hace algunos años se denunció en un programa televisivo que uno de los “notarios” azangarianos era un familiar cercano del entonces comisario de la calle Cotabambas. Si aquello fuera cierto, entonces… ¿será cierto que ahora se lucha sin cuartel contra la corrupción y la falsificación?
–Causita –le pide el hombre de verde a un acomedido tramitador–, pásame la sal.
–Caballero, como no.
Eso queda de tarea para la casa. Y esta es solo parte de mi respuesta: en aquella marcha contra la falsificación, en donde la luluciana candidata paseó por breves instantes por la paradisíaca calle, un tramitador sostenía un cartel (hecho de cartón de caja de leche) que decía “Estudia: no vayas a Azangaro” (sic).
Hamilton Castro Trigoso escribió
Saludos, Christian. Hace muchos años que transito por esa calle. Cuando empecé a caminarla, la Editorial Grijley, en la que tú trabajas, aún no tenía sus oficinas allí. Pero Arturo ya era viejo en ese lugar. Felicitaciones por el blog.
Un fuerte abrazo.
Yan kem po escribió
oiga señol este blog palece cementelio, está mueltazo, dele vida pe, no se colesponde con el texto tan ameno.
Salulos.
Christian Avalos escribió
Gracias, Hamilton; Gracias, Fumanchú. Efectivamente, ahí trabajo, desde hace ya un tiempo, y también es cierto que aún no hay muchas cosas en el blog. Ya las iré añadiendo, Como diría Andrade, en sus tiempos: “Tengan un poquito más de paciencia”.