Día Dos
Publicado por Christian Avalos en 22 Agosto 2008
Anoche conversaba con alguien muy especial para mí. Me dijo “¿por qué tiraste la toalla?”, y no supe qué responderle, solo pude decir “porque ya estaba harto”. De estar harto ya tengo algunos años, pero no creo que esa sea una buena opción para dejar de lado las cuentas pendientes que tengo con la vida, y sentarme a un lado a ver cómo pasa el tiempo, cómo viene la muerte tan callando.
En todo eso pensaba mientras caminaba perdido en las calles de Breña, buscando la casa de un profesor mío cuya cátedra era más efectiva que un coctel de diazepán forte, pero con el que habíamos trabajado un libro en la editorial en la que ahora estoy. La llovizna hizo crujir mis huesos casi como si fueran galletas de soda. Cuánto hubiese querido que alguien me acompañara en la caminata (en mi vida esa es una constante: lluvia, asfalto, un amigo, pantalón manchado de lodo de lluvia, medias rotas), pero era mejor así, tenía ahora que conversar conmigo mismo. Es decir, plantearme seriamente aquellos asuntos que hasta hace poco solo eran declaraciones hechas muy ligeramente, hechas para callar a las preguntas como las de esta persona especial y para aniquilar a mi voraz conciencia.
Volviendo a lo de “estar harto”. La vida, mientras uno no rompe el cordón umbilical, puede hasta parecer idílica, no hay como tener padres comprensivos y lo suficientemente jóvenes para comprender que a un estudiante se le deja tranquilo hasta que consiga todo lo que en este mundo puede profesionalmente conseguir. Eso claro, si tienes esa suerte. Si no, igual, te tienes que romper el lomo trabajando y tragarte todos los sapos que hay que tragarse en este mundo. Y si estás en esas, tu peor opción es “hartarte” de todo lo que te rodea, pues, en verdad, no hay más opción para salir adelante. Y es cierto que acumulé muchas cosas sobre el lomo, mucha bilis recargada, y por eso pateé ya tantas veces tantos tableros (ajedrez, damas chinas y Monopoly incluidos). Pero ya no es recomendable estar con esa mentalidad de “paren el mundo que me bajo”.
Sigo caminando por Breña. Un pomeranian me olfatea y me ladra. Creo que le caí mal. Ando perdido ya hace unos quince minutos y no sé a dónde más ir. Avancé unas casas más, hasta descubrir que ya dos cuadras que tienen la misma numeración. La referencia que el profesor me da ya no es tan clara ahora. El pomeranian realmente se irrita al verme pasar por tercera vez frente a su casa. Creo que es hembra, porque tiene la actitud de vieja chismosa de barrio. Ya hay ahora como cinco perros que me ladran, entre ellos, un beagle. Ese ladrido su me dolió. Tendré que llamar al profesor:
–No encuentro su calle.
–¿Dónde está usted?
–Estoy en la anticuchería Vicky
–Siga usted de frente…
–¿Hacia el parque Maldonado?
–¿Pero hacia dónde se está yendo?, ¿en dónde está usted?, ¿quién eres?, ¿por qué me persigues?
–Profesor, usted me dijo que entre la cuadra ocho y nueve de Cornejo.
–Así es.
–Hay dos cuadras ocho aquí.
–Busque usted el edificio nuevo amarillo.
–¿Amarillo como flan?
–Más bien un amarillo aparduzcado grisáceo verdoso.
–Ya entiendo.
–Por ahí busque la calle Nabucodonosor.
–Yala, profe.
–Oirá usted el ladrido de un pomeranian.
–Lamentablemente lo oigo.
Para esto, el pomeranian, miniatura de chow chow, de cabeza aleonada y de ojos saltones como un pekinés antiolímpico, me miraba furiosamente mientras mordía un hueso de carnaza que dejó hecho jirones. No me dejaba escuchar lo que el profesor me decía para llegar a su casa. Le pedí que hablara más alto porque los ladridos de un perro no me dejaban oírlo.
–Es el pomeranian, ¿verdad?
–Sí
–¿Le incomoda?
–Un poco.
–Entonces, mátelo.
–¿Cómo dice usted?
–Que si tanto le incomoda el perro, que se deshaga de él.
–Con gusto, profesor.
Llego a la calle, y a la casa. El pomeranian yace exánime entre el asfalto que lo va cubriendo como una mortaja espejada y agrietada. Yo sigo pensando en las cosas que quedan pendientes aún en mi vida. Toco el timbre, que está al lado de una gran reja blanca. El profesor sale de su casa, me estuvo esperando. Le estoy llevando su encargo: la prueba preliminar de su libro, para que pueda apreciarlo y consultarlo con su almohada. Me agradece y me pregunta por el pomeranian. Le dije que el perro ya era historia canina.
–Menos mal, ya me tenía harto el maldito animal, cagando siempre mis rosales.
Detrás del profesor, el tufillo de un tal Miro Ruiz… me sentí tan mal de ser un canicida. Son tristes y extrañas las cosas que uno puede llegar a hacer cuando se está harto.
Me despido; salgo caminando hacia la Brasil, luego de atravesar toda la avenida Cornejo.

Este perrito es un pomeranian