Nos había presentado una amiga de la que ahora no sabemos nada, en La Marina, cuando ella fue a escuchar tocar al que luego sería padre de sus hijos, o al menos ya de uno. “En circunstancias más felices”, pensé, mientras gotas tan diminutas como cerebros de congresistas empañaban mis anteojos frente a la iglesia del parque Kennedy de Miraflores. Caminábamos, éramos cuatro, alguien no dejaba de hablar. Por suerte, no era yo. Ella, quizás muy tímida, no decía mucho mientras errábamos en Marina Park. Lo básico: nombre, qué estudiaba y dónde. Suficiente información: seguimos buscando al bendito cretino ese.
“La siguiente vez también fue más feliz”. Y fue en la casa de la buscacretinos. Yo en terno luego de una primera comunión, ella vestida con una chompa negra, y un pantalón que creo era del mismo color, sentada sobre el sofá en el que yo otras veces dormí, lloré, vomité. “Si ella lo hubiese sabido a tiempo…”. Quedamos para un café, luego de haber conversado algo más sobre la carrera, los pequeños logros, las grandes expectativas, y las palabras, cada una como un albatros gigante, no sonaban extrañas, más bien casi no querían sonar. Las mías tropezaban (frente a ella, escuchándola por el teléfono, mirando por una cámara web), las de ellas también, pero se atropellaban porque sí.
“No, no, esas son las mentiras que te estás creando ahora”, me dijo un gato miraflorino (pitucón, claro está), que fumaba un porrito de hierba, sin humildad. Pero ¿acaso era mentira que las sílabas yo las deslizaba desde un sismógrafo cada vez que quería sonarle a algo más que un amigo gracioso? Ese café, dicho sea de paso, demoró más de dos años en concretarse. “Y esa espera fue larga, pero no lo fue tanto, y no fue tan mala: no lloviznaba al menos”. Y como aquella vez, ella tampoco tenía celular, por decisión propia, decía. Buscacretinos dijo “por fin”, pero no te emociones, que ella no se va a fijar en ti. A veces la amistad es la mierda más dolorosa que existe.
Al fin, los dos solos, en algún punto de San Miguel, conversando sobre ella, su trabajo, la universidad, lo pesado que es la vida; yo, de mis desvaríos, de mi locura de un viaje cheguevariano. No como ahora: plantado más de una hora esperando, aunque le dije, si lo que tienes que conversar con tu amiga es tan urgente no importa, lo dejamos para otro día, total, yo puedo esperar, y preferiría esperar que tengas otro día libre de la redacción de tu tesis a momificarme viendo gatos pardos correr carros como si fueran olas por Miraflores. Lo que hace uno a veces. Lo que sí sé que no volveré a hacer es creerle que “ya está llegando, en cinco minutos”. Ya no más.
Eso digo ahora, pero lo volveré a hacer, y volveré a escucharla, con un café, una cerveza, de los cretinos (suyos ahora, no de otra) que ella también buscó, con los que compartió la banca de un parque cerca a su universidad y a mi casa (la misma banca que compartió conmigo, me lo dijo), por los que viajó fuera del país, y por los que pasó por las mismas calles que yo, quizás hasta por el mismo lado de la acera. “No se va a fijar en ti”, luego de la cerveza y la última conversación hasta la una de la mañana creo que eso es más sólido que el muro de la Piedra de los Doce Ángulos. Porque presento mi currículo y mi expediente parece un pasquín de la CGTP al lado de los archivadores enteros que otros presentan. Aber ich spreche Deutsch… No, manito, tú no esprejas doych.
La seguiré admirando desde el otro lado de la vitrina, hasta la última vez que pueda, aunque para eso tenga que esperar más de dos horas, parado frente a un mimo que por una moneda me haga una morisqueta. Aunque ella aún espere algo que quizás ni recuerde: el poema que yo debí escribirle y que nunca hice, algo que sin tener que mencionar la palabra la expresara claramente, no una adivinanza, sino eso que siempre le dije con los ojos y jamás con la boca, algo que no suene a Jane Austen (que ella leyó), y que le deje esa cosquilla que yo volví a sentir cuando ella callaba, sonreía (dejando ver sus frenillos) y permitía que yo dibujara sus labios con mis pupilas.