Pensé qué diablos, y llamé: no contestó. Esperaré un rato más. Debe estar con su mamá comprando en Plaza San Miguel, total, eso pasa a veces, que ella sale con su madre, que según me pareció entender, padece del más delirante impulso de comprar, y por eso una vez me pidió que le escondiera las tarjetas de crédito, las que luego sirvieron a un amigo mío para “dedicarle unas líneas” a su enamorada, que estaba encerrada en un hospital de Moscú. No contestó quince minutos después. Ni contestó luego, cuando me fui a la panadería a comprar medio kilo de estupidez, en rodajitas (con cebolla en zarza no sabía tan mal).
Aquella vez de su cumpleaños también la llamé; estaba con este amigo de nariz empolvada; caminábamos por las calles aledañas a San Marcos, o el útero ulceroso que nos dio vida; hacíamos hora mientras esperábamos a otro amigo mío, poeta (y profesor de literatura por delivery), que volvía a su casa luego de afanar a una alumna que se le escurría entre las manos como un salmón que luchaba por su vida, cuya sombra era la broma más cruel que la luz podía jugarle (¿mencioné que es poeta, verdad?). Hoy es su cumpleaños, habré repetido por vigésimo quinta vez, compa’re ya me tienes huevón, por qué no mejor la llamas y de una vez te terminas de ir a la mierda (este otro amigo, no es necesario que lo diga, pero en fin, no era poeta). Llamé a su casa y contestó luego de la tercera timbrada. Había bulla de música y un pum-pum-pum infernal que no dejaba que yo hablara cómodamente en esa cabina de medio metro cuadrado de área. Hola, ¿X?, ay, que me sube y me baja, yo tengo una bolita. Sí, quién es…
Me esforcé por que me escuchara, y en el locutorio pensaron que me esforzaba por que me escuchara toda la facultad de contabilidad de la San Marcos. Y luego más pum-pum-pum, rompe, rompe, rompe. Que feliz… que feliz cumpleaños… ajá, ¿hola?… que feliz cumpleaños y… no… Soy yo, Ernesto, ¿qué? Ah, yo también la pasé muy bien contigo el otro día en Miraflores, que sí, que… ¿ah? Sí, que feliz cumpleaños, y que la pases muy bien, ¿con quién?, no, qué la pases bien tú… por lo visto hay fiesta… ah, qué lindo.
Esperé un milagro que nunca llegó, esperó la invitación que ni siquiera había pensado para mí y no me quedó más que decir que la deseaba y lo mejor y que esperaba volverla a ver pronto. Que esperaba lo mejor para ella y que ojalá que nos veamos pronto. I will survive; I will survive… no podía oírme bien.
Y como si de un comercial de Ace Home Center se tratara, la gente en el locutorio, el que atendía, mi amigo, la señora de las hamburguesas de dos soles más refresco, el que había entrado a comprar puchos, todos al unísono y de pie repitieron después que yo: QUE ESPERO QUE LA PASES BIEN Y QUE OJALÁ NOS PODAMOS VER PRONTO. Luego se sentaron y siguieron como si nada. El tipo de los puchos se fue con un lucky entre los labios. Yo me tragué la vergüenza y no les dije que ella ya había colgado.
Cada vez que tiene oportunidad, aquel amigo que no es un poeta me recuerda esa pequeña humillación. Lo acepto hidalgamente, no me queda otra. Pero me prometí que sería la última vez, pues ya había demostrado que yo le importaba un pepino y que no volvería a ser lo de antes, porque alguna vez ya había sido, pero fue tan tenue la huella que dejé en sus labios que no quiso más luego, cuando volví a verla. Por eso me pregunté esta tarde mientras revisaba el correo… ¿es este correo una señal para mí, o es que solo ha enviado una maldita cadena sobre la amistad y no sé qué tanta basura más?, ¿es que cuando luego me dijo hola por el Messenger era porque en verdad quería hablar conmigo, pero por alguna razón, se desconectó medio minuto después? Aunque había tratado de ignorarlo, algo muy corrosivo reptaba por mi médula hasta abrasarme el cerebelo. Algo más fuerte que la bolita que subía y que bajaba. Marqué su celular una vez más, quizás ya se dé cuenta que tiene como trece llamadas mías y estará esperando a que vuelva a llamarla.
Fácil: al cine, a pasear, a ver el mar en aquel parque la primera vez que la besé, la primera vez que besé a alguien viendo el mar en pleno mes de agosto limeño, la primera vez que ahí, me dijeron que sí a la pregunta si me querían… Nada de eso podía olvidarse tan rápidamente, yo sé que no.
Por fin contestó: una la voz grave, de nicho decimonónico, como si lo despertara, como si lo sacara de algo muy tibio y calientito, mientras la voz de ella preguntaba casi imperceptiblemente un “quién es” gozoso. Estaba más que horrorizado
–Hola, ¿está Juan? –fue lo único que pude decir.
–Equivocado…
–Sí, ya me di cuenta.
Colgué el teléfono. La siguiente función de la película de Scorsese empezaba en quince minutos.