Día Seis
Publicado por Christian Avalos en 26 Agosto 2008
Hoy planeo sentirme cansado e iré a dormir una pequeña siesta de más de siete horas. Mañana me levantaré temprano a terminar un texto que aún no termino de corregir. Quizás no vaya al trabajo, pero no puedo dejar de dar una vuelta por la universidad. Quizás me vaya bien, pero uno nunca sabe. Uno nunca sabe qué es lo que pueda pasar, menos aún hay que a uno lo hacen pensar demasiado.
El problema es que cuando me entrampo en pensar demasiado en cosas que no debería darle tantas vueltas, ya me dan las seis de la tarde, ya sería miércoles… ya estaría otra vez a la mitad de semana y casi no me daría cuenta de que mientras más viejo se hace uno más agilitos se van los años, saltando como liebres de las fábulas del verde bosque.
La chamba de corrector es interesante, hasta divertida (cuando no te toca leer a un tío que con un vocabulario de menos de cien palabras cree que puede hacer la gran obra de su vida), y es también un trabajo muy inestable, tanto como los vaivenes que la industria editorial lo puede ser en nuestro medio. Sea lo que sea que publiques. Siempre estarás al filo del subempleo o peor aún, de la mendicidad.
El otro día una amiga mía, muy redonda ella, me dijo Christian, bello, pechocho (déjenla, es mi amiga), tengo un jefecito que lo odio pero dice que escribe lindo en temas de derecho tributario, y tiene un libro que quiere publicar, pero dice que antes tiene que ser revisado por un corrector, y como yo sé que tú trabajas en eso y como me han dado buenas referencias de ti (en este caso, las referencias de su mamá sí cuentan) te quería preguntar cuánto me cobras. Usualmente manejo una tarifa que para mucho es un lúpulo muy amargo de pasar, pero como para que no creyera que yo era un mercantilista, capitalista, imperialista, feudalista, alpinchista, fascista y usurero le di una tarifa muy cariñosa. La dejé con la boca abierta.
Si tuviera la mala suerte de que un corrector leyera esto y yo fuera tan incauto de escribir mi tarifa rebajada (computándome yo Telefónica) tal vez se juntaría un manchón y me lapidarían por prostituto barato. No los culparía. O quizás dirían que es problema de cada quien. Sé cuánto cobra la mayoría de ellos. En fin… Así que ahí nomás. Sin embargo, a la amiga en cuestión la dejé así porque el librito tenía la modesta cifra de 1567 páginas impresas, en Arial 12, a 1,5 de interlineado. Y con unas simples matemáticas, pudo sacar cuenta de que prácticamente me iba a parar la olla por el resto del año y por todo el 2009. Así que me dijo E-E-Ese lúpulo no paaaasa, no paaaaaasa.
Resignado me fui a sentar a que me diera la llovizna a través de la ventanilla de la combi que me trajo de la editorial a mi casa en Kung Fu Pando (III). Horas después me llegó un mensaje de texto. Alguien le cobraría menos de 1567 soles por semejante libro. Un estudiante de una universidad insufrible, de quien me he enterado que no tiene una ortografía muy “felis” que digamos, pero lo va a hacer. Claro que él no es corrector, ni siquiera la gusta leer, creo que solo lee el diario Gestión, El Peruano, o al menos eso me han dicho, y ahí se reduce todo su espectro cultural. Lo cual puede que sea cierto. Le iba a cobrar un sol por página. Bueno, si ustedes se ponen a pensar, 1567 soles sí es una buena cifra para un estudiante que quiere salir de apuros por una par de meses, pero, ojo, el esfuerzo que le va a tomar semejante mastodonte, por lo menos, será de unas ocho semanas sin ver el sol (buen sin ver el día, aquí en Lima pocas veces se ve el sol), ocho como mínimos, en el supuesto de que ese libro esté casi perfecto. No contemos los errores de sintaxis, de concordancia, actualizaciones de textos normativos, errores tipográficos, de citas referenciales, y tantas otras joyitas más que acompañan a esos titánicos manuscritos, aunque quizás la mayoría de las cosas que ahí estén sean tablas y esas cosas, peor aún, ahí hay que tener mucho mayor cuidado.
En fin, caballero, así (no) es la competencia.