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Entre aceitados y resinosos

Publicado por Christian Avalos en 14 Octubre 2008

¿Una aceitada?

¿Una aceitada?

Puede que a estas horas Yehude Simon ya haya juramentado en el cargo de premier, cargo al que accederá luego de que por culpa de tanto “aceite” muchos apristas resbalaran y se fueran de bruces contra el piso del Perú-Petro. (No sé por qué me viene a la mente el recuerdo de mi pueblo, en donde se echa petróleo al piso para espantar a las plagas…). Bien pues, la misión de Simon es, entonces, quitarle el aceite a la máquina y provocar su oxidación y su desgaste. Pero ¿acaso son fácilmente determinables los límites y los alcances de esta gran maquinaria que empieza en los colegios, pasan por las municipalidades y se deposita, merdosa, en las más altas cúpulas de poder?

 

 

 

Los niveles de corrupción en todas las instancias de la cadena alimenticia política (y administrativa) son bastante altos, y para darse cuenta de esto no es necesario tener un expediente dando vueltas por algún juzgado o por alguna instancia administrativa, sino solo observar atentamente algunas cosas, y de ver, de vez en cuando, la televisión.

 

Simon ha dicho (entre otras cosas) que le declarará la guerra a la corrupción, y en pro de ello formará un gabinete de ancha base. Sin embargo, por más ancha que sea la base, esta batalla es una ya perdida desde hace años (décadas, quizás siglos). En qué porcentaje de degradación esté todo, hay muchas formas de saberlo (destapes periodísticos, conseguir alguna vez en la vida algún cargo de confianza en la administración pública). Creo que la más clara es revisar la lista de personas con altos cargos que responden no ya a sus intereses, sino más bien a los intereses de otros, que, al parecer son los “maquinistas”, de este gran armatoste de corrupción.

 

El hecho de decir que hay que aceitar (‘untar con aceite’) a alguien (es decir, coimear) es aceptar tácitamente algunos puntos ya sedimentados en inconsciente de todos los peruanos: la corrupción es algo tan normal como cualquier negocio o industria que hay que tenerla siempre en movimiento para que no deje de producir dividendos, pues cuando la máquina se detenga se acabarán los “honorarios de éxito” de muchos y, claro, los “faenones” (curioso “transgénere”, puesto que faena es un sustantivo femenino). Se aceita lo que necesita de la viscosidad para funcionar correctamente. En la cristiandad (en el catolicismo, para ser más exactos), un símbolo de unión con Dios es la unción, es decir, ungir a alguien a quien se le administra un sacramento. En ambos casos, me parece a mí, se trata de situaciones o circunstancias en las que el aceite, el óleo, es aplicado para devolver a una maquinaria a su correcto funcionamiento o iniciar a una persona en un determinado camino místico o religioso.

 

"Hemos hecho un faenón"Contra eso, las “aceitadas” de las que habla el prófugo Rómulo León no son ni para devolver a ninguna licitación su correcto desarrollo ni para iniciar a ningún aceitado en una determinada práctica religiosa. Es simplemente darle plata a alguien para que, en contra de lo determinado por las normas de la administración, se favorezcan los propios intereses o el de los que a su vez aceitan a quien aceita. O sea, nuestro país va muy “aceitado”. Es una perfecta máquina que tiene todos sus engranajes bastante bien conservados por una gruesa película de “aceite” que los embadurna, que los “unge” y los preserva de cualquier erosión u oxidación. “Erosión” u “oxidación” representada ahora por Yehude Simon.

 

Alguna vez leí que el lenguaje manifiesta al yo, que no es sino su reflejo. Así, el uso de esta jerga nos debe decir algo más que lo aparente: no solo es una variante a la ya manida expresión “romper la mano” (y de tantas otras que existen), sino, me parece, es la aceptación tácita de una condición que hemos heredado y con la que convivimos incluso sin darnos cuenta de estar lactando desde el pecho de nuestras madres esa atmósfera corroída por aceites que no lubrican ni ungen a nadie, tan solo traen más corrupción.

 

En este caso, el lenguaje usado nos debe decir mucho de la urticante situación política que hemos heredado desde el siglo xix. Una situación que necesitará de mucho más que un nuevo gabinete para poder extirparse como el maligno tumor que es para el desarrollo.

 

Tiempos modernos

Tiempos modernos

¿Habrá pensando alguna vez, Charles Chaplin, en una analogía entre una gran maquinaria (como la de su película Tiempos modernos) y el sistema de corrupción, en donde tenga que aceitarse a muchos funcionarios? Yo creo que sí. Pero lo que no creo que se haya imaginado sea a resinosos como Ollanta Humala, que tiene el desatino de hablar en contra de Simon en La Primera del día de ayer acusándolo de transar con el presidente García. Primero que mire, y luego que se calle para pensar.

 

 

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Mi insoportable levedad

Publicado por Christian Avalos en 09 Octubre 2008

En el ocaso todo es mejor... hasta la luz

En el ocaso todo es mejor... hasta la luz

De esta relectura de La insoportable levedad he podido rescatar cosas que mi mente no pudo (o no quiso) conservar la primera vez que la leí, hace más de siete años. Dejo de lado el detalle menor de la búsqueda de la millonésima diferencial que Tomás hurgaba en cada mujer con la que se acostaba (así como en la cirugía, ahora con un “escalpelo” distinto) para irme a la misteriosa oposición de la levedad y el peso. ¿Cuál de las dos sería la positiva y cuál sería la negativa? ¿Cuál de ellas es a la que aspiramos?

 

 

 

A Teresa y a Tomás les costó la vida averiguarlo. Por el contrario, Sabina siempre estará preguntándoselo, mientras que Franz cayó por su propio peso, o quizás sin él. Todos ellos desafiaron a la gravedad, dejándose caer a distintas velocidades, dispares y opuestas siempre. Así también nosotros andamos por el mundo: desesperados cuando la levedad de la juventud va yéndose poco a poco, y a veces hartándonos de ella, buscando un poco de estabilidad y fortaleza en un punto fijo, que al cabo de un tiempo, estamos tentados a desechar.

 

¿Qué tanto se puede relacionar eso con el peso o la falta de él que tengamos en la vida de otra persona? ¿Cuánto podemos pesar dentro de la vida de otra persona que en algún momento fue también nuestro peso y nuestra levedad? Me cuento entre las personas que se quedan sorprendidas al ver lo rápido que otras desechan el recuerdo de un antiguo amor casi como si se sacaran un parche viejo de una herida que sanó al poco tiempo. ¿Cómo hacen? ¿Acaso fue tan leve la marca que dejaron en él?, ¿acaso tan dura fue su piel y su resistencia que no dejó que algo “insignificante” lo despedazara como un bote entre las rocas? A Y. le pasó. Le pasó muchas veces. Y luego de cada vez, parecía que se levantaba con más fuerza, como diciendo “el siguiente”. La última cerveza que me tomé con ella la terminó con el punto final que le dio a un patán que quería aherrojarla con un anillo.

 

¿Entonces, en qué quedamos? No le gusta que la que le sujeten pero es bastante firme para soportar los embates de la vida… ¿es leve o no? La vida está llena de esas y muchas otras contradicciones aparentes. En su caso, su libertad es su levedad y su peso: lo que la lleva por muchos caminos (académicos la mayoría) y la que la hace surcar cada uno de ellos con una fuerte huella, de esas que ella acostumbra a dejar. Sin embargo, ¿quién será capaz de surcarle al menos una pequeña parcela? Pues bien, así pasó aquella noche, ella siempre dejando una más honda huella en mi leve alma, apoderándose de lo poco que de sobriedad le quedaba, hasta que ella (mi alma) no pudo más y tuvo que retirarse en taxi a su indecible residencia. Al despertar, supe que la levedad era parte de mi vida de la forma más negativa que pueda imaginarse.

 

Como aquella vez, muchas veces he despertado con la idea de que alguna vez será bueno ser peso, que ya es hora de dejar las levedades a un lado, para las generaciones siguientes, y dedicarse a crear eso que los pequeño-burgueses llaman “estabilidad económica”. Un peso más. Sin embargo, más importante ha sido siempre para mí buscar algunas piedras que echarme al bolsillo para que los vientos del placer no me llevan contra los arrecifes, en donde me desintegraría en menos de un segundo. Lo peor es que a eso le llamo yo peso, y no es más que una muestra de la levedad de la vida: unas cuantas piedras no hacen una fortaleza. El pretender equilibrarme con una persona que no podrá hacer una huella de peso en mí es también tener tendencia a la (peor) levedad. Tanto como creer dejar una huella que en verdad casi no resiste a las primeras olas del olvido, como los castillos de arena. Eso me pasó, hasta el día de hoy, en el que quiero creer que las cosas han cambiado para bien.

 

Al fin y al cabo, soy otra cometa más en el cielo gris de Lima.

 

Y en cuanto a Y., esta levedad poco le importa, o al menos eso nos hace creer a las demás mortales. El resto de sus pesos y fortalezas crecen, tanto como su mito de inaccesibilidad. “¿Inaccesibilidad?”, pregunto yo, y me río: “ja, ja, ja”. Ella jamás cierra una puerta, pero aquella no va a la cama, como se cree, sino al diván, a donde te vas solito, mientras ella te examina desde un impersonal sofá, prudentemente colocado a metros de distancia. Te evalúa, y mientras tú crees caminar hacia el lecho de los placeres, a donde en verdad estás yendo es hacia la ventana, directo a caer sobre el asfalto. O sobra alguna obra de Castañeda.

 

Soñarán con ella los que se saben leves en muchas cosas; brindarán desde el recuerdo a la salud de su recuerdo, mirando siempre hacia arriba para ver si la vemos; agachando la mirada siempre de vergüenza, al ver que la brisa matutina nos está llevando contra las peñas.

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Roto, muy roto

Publicado por Christian Avalos en 05 Octubre 2008

Pasó: lo estúpido tienes maravillosas formas de manifestarse. A veces es un secreto hado que determina la vida o la muerte de un disco duro o de la data que en él se guardaba. Desde hace unos meses que guardaba la información de todo lo que escribía solo en el disco duro sin tomarme el trabajo de guardar la información en un CD o en el USB en el caso de que pasara algo trágico con la máquina, y se fundiera, se muriera sin remedio. Pensé que eso no me pasaría. Total, solo entro a la máquina para tipear y para esas cosas que no necesitan mayor esfuerzo para mi carcochita Pentium III.

 

Sin embargo, pasó. Y todo por querer instalar un juego: perdí la data. Por error formateé el disco D pensando que era C (a pesar de que ya había visto que tenía el nombre de D, sin embargo seguí). Promediando la medianoche del día 4 de octubre de 2008, le dije adiós a mis cuentos y a mis dos proyectos avanzados de novela. Todo se fue para no volver.

 

Hace dos semanas colapsé en mi vida personal. La rutina había avanzado como un cáncer hasta reducirme a trabajar, dormir y seguir trabajando. Como las rutinas no son cosas que me gusten, decidí romper como sea, para ya no pensar en esas cosas que me plagan la cabeza de canas. Pero otra vez eso se convirtió en una antirrutina. O sea, otra rutina al fin y al cabo. Hace mucho que no me encerraba para escribir como un enajenado mental durante toda una noche (como en otras oportunidades). Pero para qué. Todo eso que había avanzado ya no existe: el proyecto se fue por el drenaje virtual. ¿Será esta una señal de que debo empezar de nuevo, otra vez?

 

Lo tomaré como eso, como un nuevo punto de partida, entre legañas y la mala noche de no haber dormido tratando de recuperar la data. Adiós.

 

 

 

 

Asi también quedó el disco duro

Así también quedó el disco duro

 

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