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correrías de un corrector

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10:15 to San Miguel

Publicado por Christian Avalos en 28 Agosto 2008

Decidí ir al cine, fui a pie. Desde mi casa hasta la plaza San Miguel no es más de medio kilómetro el que se tiene que caminar, sin embargo, hacerlo en camisa, pantalón y calzado veraniegos pasados de moda (y utilizados solo cuando me agarra la flojera de cambiarme) en medio de una llovizna (de San Miguel) a las diez de la noche no es una idea muy recomendable.

Como era de esperarse, a la mitad del camino ya tenía las medias hechas trapo y el pantalón mojado hasta media pantorrilla. Caminando por la acera de la Católica, algo acurrucado sobre mi pecho, aguantando el frío, como un pollito, casi muriendo como el coronel Buendía, pero sin castaño y sin circo. Bueno sí, había circo: algunos cachimbos ebrios hicieron su juramento para conquistar el mundo a la mitad de la Universitaria.

La misión: llegar al cine a ver 3:10 to Yuma, “Misión peligrosa”, para los aguafiestas. Mi misión era “10:15 to Cineplanet”. Llegué a la puerta estornudando. Buenas noches, Sonrisitas, dame la maldita entrada: tengo ticket verde e hice la fuckin’ reserva desde mi jato, así que déjate de formulismos y dame el maldito boleto.

–Bienvenido, señor Christian, ¿está usted mal?

–Dale, Sonrisitas, no tengo tiempo para la charla, la película está a punto de empezar.

–No se preocupe, señor Christian: la película empieza dentro de seis minutos. No hay prisa.

–Que sí la hay, pedazo de…

–¿Perdón?

–Digo… Sonrisitas… que me ha pasado una station wagon por el costado y me ha mojado hasta el calzoncillo. Así que tengo que ir primero al baño. ¿No hay algún baño premium para clientes que tienen mojados hasta los pensamientos?

–Lo siento mucho, señor, su tarjeta no incluye ese tipo de beneficios. Si usted gusta, puede revisar la cartilla que, junto con su tarjeta, se le hizo…

Creo que Sonrisitas siguió hablando en su módulo, porque a mí me entró un helor de muerte por la parte más graciosa del cuerpo y tuve que ir como sea, casi reptando, hacia el baño, para secarme. Eran ya las 10:15. Según Sonrisitas, la película empezaría con retraso y eso me daba algunos minutos de ventaja. Pero el frío de las medias y de las zapatillas recubiertas de lodo no dejaba que me animara a ponerme de pie otra vez. Pero lo hice, haría de esta historia una historia heroica.

Llegué. Estornudé en la cara de la linda señorita que me atendió. ¿Por qué no me vinieron ganas de estornudar justo en la cara boba de Sonrisitas? Disculpe usted, señorita, acabo de constiparme… un station wagon pasó muy cerca de mí y mojó hasta los pensamientos. Además, Sonrisitas…

–Pase (cállese) y disfrute su película (y váyase a la mierda).

Este wéstern me pareció más interesante que el que había visto antes, con Pierce Brosnan y Liam Neeson (yo no pude dejar de ver una lucha entre un agente del servicio secreto británico y un jedi). Aquí había un Russell Crowe que mataba como quien eructaba después de comer, tan peligroso con las armas que con las palabras (casi se levanta a la esposa de Dan Evans, el personaje que interpretó mi tocayo Bale). Russell, o Ben Wade (ojo, no Ben 10), estaba secundado de una pandilla de desalmados, encabezada por el Ángel de X-Men III (o un drogo inadaptado de Alpha Dog), Charlie Watts, que para rata él se pintaba solo. La historia se desarrolla en algún punto del oeste estadounidense, en algún punto del último cuarto del siglo xix. Dan, ahogado en deudas, tiene que arriesgarse a acompañar al séquito que tiene que entregar al peligroso Ben Wade al tren que sale desde Contention a Yuma, directamente a la prisión y la horca (en ese orden), a las tres y diez de la tarde. Y lo hace porque está cansado de que pasen por encima de él, que lo vean como un pobre y triste veterano más (ojo, este conflicto de “veteranos” nunca deja de ser actual en este país), y por el sencillo que el buen señor Butterfield le iba a dar para la gaseosita. Sorprendentemente, Dan, Daniel (o Batman chusco, para los patas), encontrará ayuda y comprensión de la persona menos esperada. No la termino de contar, porque quiero que la vean, pero tampoco les digo que vayan al cine por que ya jué, ya juites… la sacaron el día de hoy, jojolete, así que si no la viste, pirata nomás, o espera a que salga el DVD firme, o si te la computas Rafo Meón, anda de aquí a un año a La Paz (Bolivia), porque allá en el altiplánico país las películas llegan con bastante retraso (o que salga alguien a tirar la primera piedra).

Aunque, ya se habrán dado cuenta, no soy un experto en cine, creo que esta película es más que rescatable de lo que va del año de nuestra cartelera. Como dije, aquí el malo, al parecer, acaba como no tan malo, y el monse, acaba siendo el héroe que su familia reclamaba. Chévere el wéstern, me ha atrapado el género. Revisaré las raíces (Ford, Wayne, Eastwood, algo me dice que estoy mezclando papitas Lays con cancha serrana) del género y quizás termine atrapando del todo el wéstern. Harta bala, claro, como el Oeste manda.

Salí del cine y volví a estornudar. Menos mal que Sonrisitas y la llovizna ya no estaban.

Chévere el póster

Chévere el póster

 

 

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Día Seis

Publicado por Christian Avalos en 26 Agosto 2008

Hoy planeo sentirme cansado e iré a dormir una pequeña siesta de más de siete horas. Mañana me levantaré temprano a terminar un texto que aún no termino de corregir. Quizás no vaya al trabajo, pero no puedo dejar de dar una vuelta por la universidad. Quizás me vaya bien, pero uno nunca sabe. Uno nunca sabe qué es lo que pueda pasar, menos aún hay que a uno lo hacen pensar demasiado.

El problema es que cuando me entrampo en pensar demasiado en cosas que no debería darle tantas vueltas, ya me dan las seis de la tarde, ya sería miércoles… ya estaría otra vez a la mitad de semana y casi no me daría cuenta de que mientras más viejo se hace uno más agilitos se van los años, saltando como liebres de las fábulas del verde bosque.

La chamba de corrector es interesante, hasta divertida (cuando no te toca leer a un tío que con un vocabulario de menos de cien palabras cree que puede hacer la gran obra de su vida), y es también un trabajo muy inestable, tanto como los vaivenes que la industria editorial lo puede ser en nuestro medio. Sea lo que sea que publiques. Siempre estarás al filo del subempleo o peor aún, de la mendicidad.

El otro día una amiga mía, muy redonda ella, me dijo Christian, bello, pechocho (déjenla, es mi amiga), tengo un jefecito que lo odio pero dice que escribe lindo en temas de derecho tributario, y tiene un libro que quiere publicar, pero dice que antes tiene que ser revisado por un corrector, y como yo sé que tú trabajas en eso y como me han dado buenas referencias de ti (en este caso, las referencias de su mamá sí cuentan) te quería preguntar cuánto me cobras. Usualmente manejo una tarifa que para mucho es un lúpulo muy amargo de pasar, pero como para que no creyera que yo era un mercantilista, capitalista, imperialista, feudalista, alpinchista, fascista y usurero le di una tarifa muy cariñosa. La dejé con la boca abierta.

Si tuviera la mala suerte de que un corrector leyera esto y yo fuera tan incauto de escribir mi tarifa rebajada (computándome yo Telefónica) tal vez se juntaría un manchón y me lapidarían por prostituto barato. No los culparía. O quizás dirían que es problema de cada quien. Sé cuánto cobra la mayoría de ellos. En fin… Así que ahí nomás. Sin embargo, a la amiga en cuestión la dejé así porque el librito tenía la modesta cifra de 1567 páginas impresas, en Arial 12, a 1,5 de interlineado. Y con unas simples matemáticas, pudo sacar cuenta de que prácticamente me iba a parar la olla por el resto del año y por todo el 2009. Así que me dijo E-E-Ese lúpulo no paaaasa, no paaaaaasa.

Resignado me fui a sentar a que me diera la llovizna a través de la ventanilla de la combi que me trajo de la editorial a mi casa en Kung Fu Pando (III). Horas después me llegó un mensaje de texto. Alguien le cobraría menos de 1567 soles por semejante libro. Un estudiante de una universidad insufrible, de quien me he enterado que no tiene una ortografía muy “felis” que digamos, pero lo va a hacer. Claro que él no es corrector, ni siquiera la gusta leer, creo que solo lee el diario Gestión, El Peruano, o al menos eso me han dicho, y ahí se reduce todo su espectro cultural. Lo cual puede que sea cierto. Le iba a cobrar un sol por página. Bueno, si ustedes se ponen a pensar, 1567 soles sí es una buena cifra para un estudiante que quiere salir de apuros por una par de meses, pero, ojo, el esfuerzo que le va a tomar semejante mastodonte, por lo menos, será de unas ocho semanas sin ver el sol (buen sin ver el día, aquí en Lima pocas veces se ve el sol), ocho como mínimos, en el supuesto de que ese libro esté casi perfecto. No contemos los errores de sintaxis, de concordancia, actualizaciones de textos normativos, errores tipográficos, de citas referenciales, y tantas otras joyitas más que acompañan a esos titánicos manuscritos, aunque quizás la mayoría de las cosas que ahí estén sean tablas y esas cosas, peor aún, ahí hay que tener mucho mayor cuidado.

En fin, caballero, así (no) es la competencia.

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Día Tres

Publicado por Christian Avalos en 23 Agosto 2008

Nos había presentado una amiga de la que ahora no sabemos nada, en La Marina, cuando ella fue a escuchar tocar al que luego sería padre de sus hijos, o al menos ya de uno. “En circunstancias más felices”, pensé, mientras gotas tan diminutas como cerebros de congresistas empañaban mis anteojos frente a la iglesia del parque Kennedy de Miraflores. Caminábamos, éramos cuatro, alguien no dejaba de hablar. Por suerte, no era yo. Ella, quizás muy tímida, no decía mucho mientras errábamos en Marina Park. Lo básico: nombre, qué estudiaba y dónde. Suficiente información: seguimos buscando al bendito cretino ese.

“La siguiente vez también fue más feliz”. Y fue en la casa de la buscacretinos. Yo en terno luego de una primera comunión, ella vestida con una chompa negra, y un pantalón que creo era del mismo color, sentada sobre el sofá en el que yo otras veces dormí, lloré, vomité. “Si ella lo hubiese sabido a tiempo…”. Quedamos para un café, luego de haber conversado algo más sobre la carrera, los pequeños logros, las grandes expectativas, y las palabras, cada una como un albatros gigante, no sonaban extrañas, más bien casi no querían sonar. Las mías tropezaban (frente a ella, escuchándola por el teléfono, mirando por una cámara web), las de ellas también, pero se atropellaban porque sí.

“No, no, esas son las mentiras que te estás creando ahora”, me dijo un gato miraflorino (pitucón, claro está), que fumaba un porrito de hierba, sin humildad. Pero ¿acaso era mentira que las sílabas yo las deslizaba desde un sismógrafo cada vez que quería sonarle a algo más que un amigo gracioso? Ese café, dicho sea de paso, demoró más de dos años en concretarse. “Y esa espera fue larga, pero no lo fue tanto, y no fue tan mala: no lloviznaba al menos”. Y como aquella vez, ella tampoco tenía celular, por decisión propia, decía. Buscacretinos dijo “por fin”, pero no te emociones, que ella no se va a fijar en ti. A veces la amistad es la mierda más dolorosa que existe.

Al fin, los dos solos, en algún punto de San Miguel, conversando sobre ella, su trabajo, la universidad, lo pesado que es la vida; yo, de mis desvaríos, de mi locura de un viaje cheguevariano. No como ahora: plantado más de una hora esperando, aunque le dije, si lo que tienes que conversar con tu amiga es tan urgente no importa, lo dejamos para otro día, total, yo puedo esperar, y preferiría esperar que tengas otro día libre de la redacción de tu tesis a momificarme viendo gatos pardos correr carros como si fueran olas por Miraflores. Lo que hace uno a veces. Lo que sí sé que no volveré a hacer es creerle que “ya está llegando, en cinco minutos”. Ya no más.

Eso digo ahora, pero lo volveré a hacer, y volveré a escucharla, con un café, una cerveza, de los cretinos (suyos ahora, no de otra) que ella también buscó, con los que compartió la banca de un parque cerca a su universidad y a mi casa (la misma banca que compartió conmigo, me lo dijo), por los que viajó fuera del país, y por los que pasó por las mismas calles que yo, quizás hasta por el mismo lado de la acera. “No se va a fijar en ti”, luego de la cerveza y la última conversación hasta la una de la mañana creo que eso es más sólido que el muro de la Piedra de los Doce Ángulos. Porque presento mi currículo y mi expediente parece un pasquín de la CGTP al lado de los archivadores enteros que otros presentan. Aber ich spreche Deutsch… No, manito, tú no esprejas doych.

La seguiré admirando desde el otro lado de la vitrina, hasta la última vez que pueda, aunque para eso tenga que esperar más de dos horas, parado frente a un mimo que por una moneda me haga una morisqueta. Aunque ella aún espere algo que quizás ni recuerde: el poema que yo debí escribirle y que nunca hice, algo que sin tener que mencionar la palabra la expresara claramente, no una adivinanza, sino eso que siempre le dije con los ojos y jamás con la boca, algo que no suene a Jane Austen (que ella leyó), y que le deje esa cosquilla que yo volví a sentir cuando ella callaba, sonreía (dejando ver sus frenillos) y permitía que yo dibujara sus labios con mis pupilas.

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Día Dos

Publicado por Christian Avalos en 22 Agosto 2008

Anoche conversaba con alguien muy especial para mí. Me dijo “¿por qué tiraste la toalla?”, y no supe qué responderle, solo pude decir “porque ya estaba harto”. De estar harto ya tengo algunos años, pero no creo que esa sea una buena opción para dejar de lado las cuentas pendientes que tengo con la vida, y sentarme a un lado a ver cómo pasa el tiempo, cómo viene la muerte tan callando.

En todo eso pensaba mientras caminaba perdido en las calles de Breña, buscando la casa de un profesor mío cuya cátedra era más efectiva que un coctel de diazepán forte, pero con el que habíamos trabajado un libro en la editorial en la que ahora estoy. La llovizna hizo crujir mis huesos casi como si fueran galletas de soda. Cuánto hubiese querido que alguien me acompañara en la caminata (en mi vida esa es una constante: lluvia, asfalto, un amigo, pantalón manchado de lodo de lluvia, medias rotas), pero era mejor así, tenía ahora que conversar conmigo mismo. Es decir, plantearme seriamente aquellos asuntos que hasta hace poco solo eran declaraciones hechas muy ligeramente, hechas para callar a las preguntas como las de esta persona especial y para aniquilar a mi voraz conciencia.

Volviendo a lo de “estar harto”. La vida, mientras uno no rompe el cordón umbilical, puede hasta parecer idílica, no hay como tener padres comprensivos y lo suficientemente jóvenes para comprender que a un estudiante se le deja tranquilo hasta que consiga todo lo que en este mundo puede profesionalmente conseguir. Eso claro, si tienes esa suerte. Si no, igual, te tienes que romper el lomo trabajando y tragarte todos los sapos que hay que tragarse en este mundo. Y si estás en esas, tu peor opción es “hartarte” de todo lo que te rodea, pues, en verdad, no hay más opción para salir adelante. Y es cierto que acumulé muchas cosas sobre el lomo, mucha bilis recargada, y por eso pateé ya tantas veces tantos tableros (ajedrez, damas chinas y Monopoly incluidos). Pero ya no es recomendable estar con esa mentalidad de “paren el mundo que me bajo”.

Sigo caminando por Breña. Un pomeranian me olfatea y me ladra. Creo que le caí mal. Ando perdido ya hace unos quince minutos y no sé a dónde más ir. Avancé unas casas más, hasta descubrir que ya dos cuadras que tienen la misma numeración. La referencia que el profesor me da ya no es tan clara ahora. El pomeranian realmente se irrita al verme pasar por tercera vez frente a su casa. Creo que es hembra, porque tiene la actitud de vieja chismosa de barrio. Ya hay ahora como cinco perros que me ladran, entre ellos, un beagle. Ese ladrido su me dolió. Tendré que llamar al profesor:
–No encuentro su calle.
–¿Dónde está usted?
–Estoy en la anticuchería Vicky
–Siga usted de frente…
–¿Hacia el parque Maldonado?
–¿Pero hacia dónde se está yendo?, ¿en dónde está usted?, ¿quién eres?, ¿por qué me persigues?
–Profesor, usted me dijo que entre la cuadra ocho y nueve de Cornejo.
–Así es.
–Hay dos cuadras ocho aquí.
–Busque usted el edificio nuevo amarillo.
–¿Amarillo como flan?
–Más bien un amarillo aparduzcado grisáceo verdoso.
–Ya entiendo.
–Por ahí busque la calle Nabucodonosor.
–Yala, profe.
–Oirá usted el ladrido de un pomeranian.
–Lamentablemente lo oigo.

Para esto, el pomeranian, miniatura de chow chow, de cabeza aleonada y de ojos saltones como un pekinés antiolímpico, me miraba furiosamente mientras mordía un hueso de carnaza que dejó hecho jirones. No me dejaba escuchar lo que el profesor me decía para llegar a su casa. Le pedí que hablara más alto porque los ladridos de un perro no me dejaban oírlo.

–Es el pomeranian, ¿verdad?
–Sí
–¿Le incomoda?
–Un poco.
–Entonces, mátelo.
–¿Cómo dice usted?
–Que si tanto le incomoda el perro, que se deshaga de él.
–Con gusto, profesor.

Llego a la calle, y a la casa. El pomeranian yace exánime entre el asfalto que lo va cubriendo como una mortaja espejada y agrietada. Yo sigo pensando en las cosas que quedan pendientes aún en mi vida. Toco el timbre, que está al lado de una gran reja blanca. El profesor sale de su casa, me estuvo esperando. Le estoy llevando su encargo: la prueba preliminar de su libro, para que pueda apreciarlo y consultarlo con su almohada. Me agradece y me pregunta por el pomeranian. Le dije que el perro ya era historia canina.

–Menos mal, ya me tenía harto el maldito animal, cagando siempre mis rosales.

Detrás del profesor, el tufillo de un tal Miro Ruiz… me sentí tan mal de ser un canicida. Son tristes y extrañas las cosas que uno puede llegar a hacer cuando se está harto.

Me despido; salgo caminando hacia la Brasil, luego de atravesar toda la avenida Cornejo.

Este perrito es un pomeranian

Este perrito es un pomeranian

 

 

 

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