De esta relectura de La insoportable levedad he podido rescatar cosas que mi mente no pudo (o no quiso) conservar la primera vez que la leí, hace más de siete años. Dejo de lado el detalle menor de la búsqueda de la millonésima diferencial que Tomás hurgaba en cada mujer con la que se acostaba (así como en la cirugía, ahora con un “escalpelo” distinto) para irme a la misteriosa oposición de la levedad y el peso. ¿Cuál de las dos sería la positiva y cuál sería la negativa? ¿Cuál de ellas es a la que aspiramos?
A Teresa y a Tomás les costó la vida averiguarlo. Por el contrario, Sabina siempre estará preguntándoselo, mientras que Franz cayó por su propio peso, o quizás sin él. Todos ellos desafiaron a la gravedad, dejándose caer a distintas velocidades, dispares y opuestas siempre. Así también nosotros andamos por el mundo: desesperados cuando la levedad de la juventud va yéndose poco a poco, y a veces hartándonos de ella, buscando un poco de estabilidad y fortaleza en un punto fijo, que al cabo de un tiempo, estamos tentados a desechar.
¿Qué tanto se puede relacionar eso con el peso o la falta de él que tengamos en la vida de otra persona? ¿Cuánto podemos pesar dentro de la vida de otra persona que en algún momento fue también nuestro peso y nuestra levedad? Me cuento entre las personas que se quedan sorprendidas al ver lo rápido que otras desechan el recuerdo de un antiguo amor casi como si se sacaran un parche viejo de una herida que sanó al poco tiempo. ¿Cómo hacen? ¿Acaso fue tan leve la marca que dejaron en él?, ¿acaso tan dura fue su piel y su resistencia que no dejó que algo “insignificante” lo despedazara como un bote entre las rocas? A Y. le pasó. Le pasó muchas veces. Y luego de cada vez, parecía que se levantaba con más fuerza, como diciendo “el siguiente”. La última cerveza que me tomé con ella la terminó con el punto final que le dio a un patán que quería aherrojarla con un anillo.
¿Entonces, en qué quedamos? No le gusta que la que le sujeten pero es bastante firme para soportar los embates de la vida… ¿es leve o no? La vida está llena de esas y muchas otras contradicciones aparentes. En su caso, su libertad es su levedad y su peso: lo que la lleva por muchos caminos (académicos la mayoría) y la que la hace surcar cada uno de ellos con una fuerte huella, de esas que ella acostumbra a dejar. Sin embargo, ¿quién será capaz de surcarle al menos una pequeña parcela? Pues bien, así pasó aquella noche, ella siempre dejando una más honda huella en mi leve alma, apoderándose de lo poco que de sobriedad le quedaba, hasta que ella (mi alma) no pudo más y tuvo que retirarse en taxi a su indecible residencia. Al despertar, supe que la levedad era parte de mi vida de la forma más negativa que pueda imaginarse.
Como aquella vez, muchas veces he despertado con la idea de que alguna vez será bueno ser peso, que ya es hora de dejar las levedades a un lado, para las generaciones siguientes, y dedicarse a crear eso que los pequeño-burgueses llaman “estabilidad económica”. Un peso más. Sin embargo, más importante ha sido siempre para mí buscar algunas piedras que echarme al bolsillo para que los vientos del placer no me llevan contra los arrecifes, en donde me desintegraría en menos de un segundo. Lo peor es que a eso le llamo yo peso, y no es más que una muestra de la levedad de la vida: unas cuantas piedras no hacen una fortaleza. El pretender equilibrarme con una persona que no podrá hacer una huella de peso en mí es también tener tendencia a la (peor) levedad. Tanto como creer dejar una huella que en verdad casi no resiste a las primeras olas del olvido, como los castillos de arena. Eso me pasó, hasta el día de hoy, en el que quiero creer que las cosas han cambiado para bien.
Al fin y al cabo, soy otra cometa más en el cielo gris de Lima.
Y en cuanto a Y., esta levedad poco le importa, o al menos eso nos hace creer a las demás mortales. El resto de sus pesos y fortalezas crecen, tanto como su mito de inaccesibilidad. “¿Inaccesibilidad?”, pregunto yo, y me río: “ja, ja, ja”. Ella jamás cierra una puerta, pero aquella no va a la cama, como se cree, sino al diván, a donde te vas solito, mientras ella te examina desde un impersonal sofá, prudentemente colocado a metros de distancia. Te evalúa, y mientras tú crees caminar hacia el lecho de los placeres, a donde en verdad estás yendo es hacia la ventana, directo a caer sobre el asfalto. O sobra alguna obra de Castañeda.
Soñarán con ella los que se saben leves en muchas cosas; brindarán desde el recuerdo a la salud de su recuerdo, mirando siempre hacia arriba para ver si la vemos; agachando la mirada siempre de vergüenza, al ver que la brisa matutina nos está llevando contra las peñas.



