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Archivos de la categoría ‘Hablándole a la pared’

Mi insoportable levedad

Publicado por Christian Avalos en 09 Octubre 2008

En el ocaso todo es mejor... hasta la luz

En el ocaso todo es mejor... hasta la luz

De esta relectura de La insoportable levedad he podido rescatar cosas que mi mente no pudo (o no quiso) conservar la primera vez que la leí, hace más de siete años. Dejo de lado el detalle menor de la búsqueda de la millonésima diferencial que Tomás hurgaba en cada mujer con la que se acostaba (así como en la cirugía, ahora con un “escalpelo” distinto) para irme a la misteriosa oposición de la levedad y el peso. ¿Cuál de las dos sería la positiva y cuál sería la negativa? ¿Cuál de ellas es a la que aspiramos?

 

 

 

A Teresa y a Tomás les costó la vida averiguarlo. Por el contrario, Sabina siempre estará preguntándoselo, mientras que Franz cayó por su propio peso, o quizás sin él. Todos ellos desafiaron a la gravedad, dejándose caer a distintas velocidades, dispares y opuestas siempre. Así también nosotros andamos por el mundo: desesperados cuando la levedad de la juventud va yéndose poco a poco, y a veces hartándonos de ella, buscando un poco de estabilidad y fortaleza en un punto fijo, que al cabo de un tiempo, estamos tentados a desechar.

 

¿Qué tanto se puede relacionar eso con el peso o la falta de él que tengamos en la vida de otra persona? ¿Cuánto podemos pesar dentro de la vida de otra persona que en algún momento fue también nuestro peso y nuestra levedad? Me cuento entre las personas que se quedan sorprendidas al ver lo rápido que otras desechan el recuerdo de un antiguo amor casi como si se sacaran un parche viejo de una herida que sanó al poco tiempo. ¿Cómo hacen? ¿Acaso fue tan leve la marca que dejaron en él?, ¿acaso tan dura fue su piel y su resistencia que no dejó que algo “insignificante” lo despedazara como un bote entre las rocas? A Y. le pasó. Le pasó muchas veces. Y luego de cada vez, parecía que se levantaba con más fuerza, como diciendo “el siguiente”. La última cerveza que me tomé con ella la terminó con el punto final que le dio a un patán que quería aherrojarla con un anillo.

 

¿Entonces, en qué quedamos? No le gusta que la que le sujeten pero es bastante firme para soportar los embates de la vida… ¿es leve o no? La vida está llena de esas y muchas otras contradicciones aparentes. En su caso, su libertad es su levedad y su peso: lo que la lleva por muchos caminos (académicos la mayoría) y la que la hace surcar cada uno de ellos con una fuerte huella, de esas que ella acostumbra a dejar. Sin embargo, ¿quién será capaz de surcarle al menos una pequeña parcela? Pues bien, así pasó aquella noche, ella siempre dejando una más honda huella en mi leve alma, apoderándose de lo poco que de sobriedad le quedaba, hasta que ella (mi alma) no pudo más y tuvo que retirarse en taxi a su indecible residencia. Al despertar, supe que la levedad era parte de mi vida de la forma más negativa que pueda imaginarse.

 

Como aquella vez, muchas veces he despertado con la idea de que alguna vez será bueno ser peso, que ya es hora de dejar las levedades a un lado, para las generaciones siguientes, y dedicarse a crear eso que los pequeño-burgueses llaman “estabilidad económica”. Un peso más. Sin embargo, más importante ha sido siempre para mí buscar algunas piedras que echarme al bolsillo para que los vientos del placer no me llevan contra los arrecifes, en donde me desintegraría en menos de un segundo. Lo peor es que a eso le llamo yo peso, y no es más que una muestra de la levedad de la vida: unas cuantas piedras no hacen una fortaleza. El pretender equilibrarme con una persona que no podrá hacer una huella de peso en mí es también tener tendencia a la (peor) levedad. Tanto como creer dejar una huella que en verdad casi no resiste a las primeras olas del olvido, como los castillos de arena. Eso me pasó, hasta el día de hoy, en el que quiero creer que las cosas han cambiado para bien.

 

Al fin y al cabo, soy otra cometa más en el cielo gris de Lima.

 

Y en cuanto a Y., esta levedad poco le importa, o al menos eso nos hace creer a las demás mortales. El resto de sus pesos y fortalezas crecen, tanto como su mito de inaccesibilidad. “¿Inaccesibilidad?”, pregunto yo, y me río: “ja, ja, ja”. Ella jamás cierra una puerta, pero aquella no va a la cama, como se cree, sino al diván, a donde te vas solito, mientras ella te examina desde un impersonal sofá, prudentemente colocado a metros de distancia. Te evalúa, y mientras tú crees caminar hacia el lecho de los placeres, a donde en verdad estás yendo es hacia la ventana, directo a caer sobre el asfalto. O sobra alguna obra de Castañeda.

 

Soñarán con ella los que se saben leves en muchas cosas; brindarán desde el recuerdo a la salud de su recuerdo, mirando siempre hacia arriba para ver si la vemos; agachando la mirada siempre de vergüenza, al ver que la brisa matutina nos está llevando contra las peñas.

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Roto, muy roto

Publicado por Christian Avalos en 05 Octubre 2008

Pasó: lo estúpido tienes maravillosas formas de manifestarse. A veces es un secreto hado que determina la vida o la muerte de un disco duro o de la data que en él se guardaba. Desde hace unos meses que guardaba la información de todo lo que escribía solo en el disco duro sin tomarme el trabajo de guardar la información en un CD o en el USB en el caso de que pasara algo trágico con la máquina, y se fundiera, se muriera sin remedio. Pensé que eso no me pasaría. Total, solo entro a la máquina para tipear y para esas cosas que no necesitan mayor esfuerzo para mi carcochita Pentium III.

 

Sin embargo, pasó. Y todo por querer instalar un juego: perdí la data. Por error formateé el disco D pensando que era C (a pesar de que ya había visto que tenía el nombre de D, sin embargo seguí). Promediando la medianoche del día 4 de octubre de 2008, le dije adiós a mis cuentos y a mis dos proyectos avanzados de novela. Todo se fue para no volver.

 

Hace dos semanas colapsé en mi vida personal. La rutina había avanzado como un cáncer hasta reducirme a trabajar, dormir y seguir trabajando. Como las rutinas no son cosas que me gusten, decidí romper como sea, para ya no pensar en esas cosas que me plagan la cabeza de canas. Pero otra vez eso se convirtió en una antirrutina. O sea, otra rutina al fin y al cabo. Hace mucho que no me encerraba para escribir como un enajenado mental durante toda una noche (como en otras oportunidades). Pero para qué. Todo eso que había avanzado ya no existe: el proyecto se fue por el drenaje virtual. ¿Será esta una señal de que debo empezar de nuevo, otra vez?

 

Lo tomaré como eso, como un nuevo punto de partida, entre legañas y la mala noche de no haber dormido tratando de recuperar la data. Adiós.

 

 

 

 

Asi también quedó el disco duro

Así también quedó el disco duro

 

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[V]olver

Publicado por Christian Avalos en 23 Septiembre 2008

Sin Internet, como siempre. Ahora también en el trabajo. Pero está todo bien, sin contar el escueto y raquítico blog que mantengo, todo está bien. Incluso los problemas de siempre. Total, son de siempre.

Luego de los demoledores comentarios que recibí de este blog aún tengo la terca idea de sostenerlo. Todo se resolvería si tuviera Internet en casa, todo. Por cierto, ¿ya saben que Internet puede ir en minúsculas, cierto? No, yo así nomás en inicial mayúscula, por si las moscas.

Bueno, me prometo a mí mismo que no pasará más tiempo esta página en blanco sola, no. En días escribiré algo que valga la pena que se vea.

Hasta entonces.

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En la clandestinidad

Publicado por Christian Avalos en 29 Agosto 2008

Las actividades de este día me han alejado de la computadora. Creo que hoy descansaré también. Hasta mañana

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10:15 to San Miguel

Publicado por Christian Avalos en 28 Agosto 2008

Decidí ir al cine, fui a pie. Desde mi casa hasta la plaza San Miguel no es más de medio kilómetro el que se tiene que caminar, sin embargo, hacerlo en camisa, pantalón y calzado veraniegos pasados de moda (y utilizados solo cuando me agarra la flojera de cambiarme) en medio de una llovizna (de San Miguel) a las diez de la noche no es una idea muy recomendable.

Como era de esperarse, a la mitad del camino ya tenía las medias hechas trapo y el pantalón mojado hasta media pantorrilla. Caminando por la acera de la Católica, algo acurrucado sobre mi pecho, aguantando el frío, como un pollito, casi muriendo como el coronel Buendía, pero sin castaño y sin circo. Bueno sí, había circo: algunos cachimbos ebrios hicieron su juramento para conquistar el mundo a la mitad de la Universitaria.

La misión: llegar al cine a ver 3:10 to Yuma, “Misión peligrosa”, para los aguafiestas. Mi misión era “10:15 to Cineplanet”. Llegué a la puerta estornudando. Buenas noches, Sonrisitas, dame la maldita entrada: tengo ticket verde e hice la fuckin’ reserva desde mi jato, así que déjate de formulismos y dame el maldito boleto.

–Bienvenido, señor Christian, ¿está usted mal?

–Dale, Sonrisitas, no tengo tiempo para la charla, la película está a punto de empezar.

–No se preocupe, señor Christian: la película empieza dentro de seis minutos. No hay prisa.

–Que sí la hay, pedazo de…

–¿Perdón?

–Digo… Sonrisitas… que me ha pasado una station wagon por el costado y me ha mojado hasta el calzoncillo. Así que tengo que ir primero al baño. ¿No hay algún baño premium para clientes que tienen mojados hasta los pensamientos?

–Lo siento mucho, señor, su tarjeta no incluye ese tipo de beneficios. Si usted gusta, puede revisar la cartilla que, junto con su tarjeta, se le hizo…

Creo que Sonrisitas siguió hablando en su módulo, porque a mí me entró un helor de muerte por la parte más graciosa del cuerpo y tuve que ir como sea, casi reptando, hacia el baño, para secarme. Eran ya las 10:15. Según Sonrisitas, la película empezaría con retraso y eso me daba algunos minutos de ventaja. Pero el frío de las medias y de las zapatillas recubiertas de lodo no dejaba que me animara a ponerme de pie otra vez. Pero lo hice, haría de esta historia una historia heroica.

Llegué. Estornudé en la cara de la linda señorita que me atendió. ¿Por qué no me vinieron ganas de estornudar justo en la cara boba de Sonrisitas? Disculpe usted, señorita, acabo de constiparme… un station wagon pasó muy cerca de mí y mojó hasta los pensamientos. Además, Sonrisitas…

–Pase (cállese) y disfrute su película (y váyase a la mierda).

Este wéstern me pareció más interesante que el que había visto antes, con Pierce Brosnan y Liam Neeson (yo no pude dejar de ver una lucha entre un agente del servicio secreto británico y un jedi). Aquí había un Russell Crowe que mataba como quien eructaba después de comer, tan peligroso con las armas que con las palabras (casi se levanta a la esposa de Dan Evans, el personaje que interpretó mi tocayo Bale). Russell, o Ben Wade (ojo, no Ben 10), estaba secundado de una pandilla de desalmados, encabezada por el Ángel de X-Men III (o un drogo inadaptado de Alpha Dog), Charlie Watts, que para rata él se pintaba solo. La historia se desarrolla en algún punto del oeste estadounidense, en algún punto del último cuarto del siglo xix. Dan, ahogado en deudas, tiene que arriesgarse a acompañar al séquito que tiene que entregar al peligroso Ben Wade al tren que sale desde Contention a Yuma, directamente a la prisión y la horca (en ese orden), a las tres y diez de la tarde. Y lo hace porque está cansado de que pasen por encima de él, que lo vean como un pobre y triste veterano más (ojo, este conflicto de “veteranos” nunca deja de ser actual en este país), y por el sencillo que el buen señor Butterfield le iba a dar para la gaseosita. Sorprendentemente, Dan, Daniel (o Batman chusco, para los patas), encontrará ayuda y comprensión de la persona menos esperada. No la termino de contar, porque quiero que la vean, pero tampoco les digo que vayan al cine por que ya jué, ya juites… la sacaron el día de hoy, jojolete, así que si no la viste, pirata nomás, o espera a que salga el DVD firme, o si te la computas Rafo Meón, anda de aquí a un año a La Paz (Bolivia), porque allá en el altiplánico país las películas llegan con bastante retraso (o que salga alguien a tirar la primera piedra).

Aunque, ya se habrán dado cuenta, no soy un experto en cine, creo que esta película es más que rescatable de lo que va del año de nuestra cartelera. Como dije, aquí el malo, al parecer, acaba como no tan malo, y el monse, acaba siendo el héroe que su familia reclamaba. Chévere el wéstern, me ha atrapado el género. Revisaré las raíces (Ford, Wayne, Eastwood, algo me dice que estoy mezclando papitas Lays con cancha serrana) del género y quizás termine atrapando del todo el wéstern. Harta bala, claro, como el Oeste manda.

Salí del cine y volví a estornudar. Menos mal que Sonrisitas y la llovizna ya no estaban.

Chévere el póster

Chévere el póster

 

 

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Día Siete

Publicado por Christian Avalos en 27 Agosto 2008

Hoy, homenaje a Dios: Yo descansaré también.

Estamos en contacto.

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Día Cinco

Publicado por Christian Avalos en 25 Agosto 2008

Pensé qué diablos, y llamé: no contestó. Esperaré un rato más. Debe estar con su mamá comprando en Plaza San Miguel, total, eso pasa a veces, que ella sale con su madre, que según me pareció entender, padece del más delirante impulso de comprar, y por eso una vez me pidió que le escondiera las tarjetas de crédito, las que luego sirvieron a un amigo mío para “dedicarle unas líneas” a su enamorada, que estaba encerrada en un hospital de Moscú. No contestó quince minutos después. Ni contestó luego, cuando me fui a la panadería a comprar medio kilo de estupidez, en rodajitas (con cebolla en zarza no sabía tan mal).

Aquella vez de su cumpleaños también la llamé; estaba con este amigo de nariz empolvada; caminábamos por las calles aledañas a San Marcos, o el útero ulceroso que nos dio vida; hacíamos hora mientras esperábamos a otro amigo mío, poeta (y profesor de literatura por delivery), que volvía a su casa luego de afanar a una alumna que se le escurría entre las manos como un salmón que luchaba por su vida, cuya sombra era la broma más cruel que la luz podía jugarle (¿mencioné que es poeta, verdad?). Hoy es su cumpleaños, habré repetido por vigésimo quinta vez, compa’re ya me tienes huevón, por qué no mejor la llamas y de una vez te terminas de ir a la mierda (este otro amigo, no es necesario que lo diga, pero en fin, no era poeta). Llamé a su casa y contestó luego de la tercera timbrada. Había bulla de música y un pum-pum-pum infernal que no dejaba que yo hablara cómodamente en esa cabina de medio metro cuadrado de área. Hola, ¿X?, ay, que me sube y me baja, yo tengo una bolita. Sí, quién es…

Me esforcé por que me escuchara, y en el locutorio pensaron que me esforzaba por que me escuchara toda la facultad de contabilidad de la San Marcos. Y luego más pum-pum-pum, rompe, rompe, rompe. Que feliz… que feliz cumpleaños… ajá, ¿hola?… que feliz cumpleaños y… no… Soy yo, Ernesto, ¿qué? Ah, yo también la pasé muy bien contigo el otro día en Miraflores, que sí, que… ¿ah? Sí, que feliz cumpleaños, y que la pases muy bien, ¿con quién?, no, qué la pases bien tú… por lo visto hay fiesta… ah, qué lindo.

Esperé un milagro que nunca llegó, esperó la invitación que ni siquiera había pensado para mí y no me quedó más que decir que la deseaba y lo mejor y que esperaba volverla a ver pronto. Que esperaba lo mejor para ella y que ojalá que nos veamos pronto. I will survive; I will survive… no podía oírme bien.

Y como si de un comercial de Ace Home Center se tratara, la gente en el locutorio, el que atendía, mi amigo, la señora de las hamburguesas de dos soles más refresco, el que había entrado a comprar puchos, todos al unísono y de pie repitieron después que yo: QUE ESPERO QUE LA PASES BIEN Y QUE OJALÁ NOS PODAMOS VER PRONTO. Luego se sentaron y siguieron como si nada. El tipo de los puchos se fue con un lucky entre los labios. Yo me tragué la vergüenza y no les dije que ella ya había colgado.

Cada vez que tiene oportunidad, aquel amigo que no es un poeta me recuerda esa pequeña humillación. Lo acepto hidalgamente, no me queda otra. Pero me prometí que sería la última vez, pues ya había demostrado que yo le importaba un pepino y que no volvería a ser lo de antes, porque alguna vez ya había sido, pero fue tan tenue la huella que dejé en sus labios que no quiso más luego, cuando volví a verla. Por eso me pregunté esta tarde mientras revisaba el correo… ¿es este correo una señal para mí, o es que solo ha enviado una maldita cadena sobre la amistad y no sé qué tanta basura más?, ¿es que cuando luego me dijo hola por el Messenger era porque en verdad quería hablar conmigo, pero por alguna razón, se desconectó medio minuto después? Aunque había tratado de ignorarlo, algo muy corrosivo reptaba por mi médula hasta abrasarme el cerebelo. Algo más fuerte que la bolita que subía y que bajaba. Marqué su celular una vez más, quizás ya se dé cuenta que tiene como trece llamadas mías y estará esperando a que vuelva a llamarla.

Fácil: al cine, a pasear, a ver el mar en aquel parque la primera vez que la besé, la primera vez que besé a alguien viendo el mar en pleno mes de agosto limeño, la primera vez que ahí, me dijeron que sí a la pregunta si me querían… Nada de eso podía olvidarse tan rápidamente, yo sé que no.

Por fin contestó: una la voz grave, de nicho decimonónico, como si lo despertara, como si lo sacara de algo muy tibio y calientito, mientras la voz de ella preguntaba casi imperceptiblemente un “quién es” gozoso. Estaba más que horrorizado

–Hola, ¿está Juan? –fue lo único que pude decir.
–Equivocado…
–Sí, ya me di cuenta.
Colgué el teléfono. La siguiente función de la película de Scorsese empezaba en quince minutos.

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Día Cuatro

Publicado por Christian Avalos en 24 Agosto 2008

Solo lo quise colgar porque es un cague de risa... ¿o no?

Solo lo quise colgar porque es un cague de risa... ¿o no?

Es extraño: todos le echan la culpa a agosto de ser el mes más frío del año. Sin embargo, el frío de agosto no me parece ni el peor ni más oscuro me parece su cielo, aunque haya días en los que el gris más está sobre los rostros de los limeños que sobre sus cabezas (de ninguna manera estoy hablando de caspa aquí). Tan solo creo que el firmamento quiere estar triste porque le da la gana. Por eso hay gente que como no tiene otra cosa mejor que hacer, se dedica a romper las carlos bolognas de los demás con impertinentes tocadas de puerta… damn it, por qué a mí me pasan esas cosas. Ni siquiera pude encontrar paz en mis sueños, quizás soñarme en algún lugar paradisíaco, pero no, si me sueño en el Caribe, me sueño en Guantánamo, en la República Dominicana de Trujillo o en la isla de Gilligan: me he soñado abandonado (en Lima), asaltado (en el Callao) y acosado (en mis irreductibles ocho metros cuadrados), acribillado a preguntas, perseguido por el Gran Hermano, con los talones pisados por un Dupin infernal, por un Rin Tin Tin disfrazado de Cancerbero… se nota que no he dormido bien en estos días.

Y de esto no tiene el mes agosto la más mínima culpa. Es el mes de mi cumpleaños, el mes en el que me siento hasta ser una roca (la lluvia no me toca, tampoco ese choro que me paletea para saber si tengo billetera) sobre mi cama y evalúo todas las cosas que en mi vida han pasado durante los últimos doce meses, siempre bien provisto de hepabiontas y papel higiénico. Y es la primera vez que hago un balance lejos de casa, lejos de los extraños sonidos de San Juan de Lurigancho (de sus cohetes que parecen balas y balas que parecen cohetes). Olvidaré que tengo los pies helados. No me estoy haciendo viejo… NO. Por más que mi mejor amiga esté a punto de dar a luz… NO. No sentiré frío por eso… n… no… Por favor, pásenme el Icy Hot.

Olvidaré también que ayer, mientras escribía feliz y contento, una cara batracia de alguien innombrable me quiso hacer el avión me cortó toda inspiración, concentración y ganas de cantar en la ducha. No soporté aquella afrenta de esa cara de sapo y me salí de la casa de Pando. Me fui directo a pasar algo de frío sobre el techo de la casa de mis padres, para pensar en otras cosas y olvidar aquel molestísimo rostro anfibio que además me hizo perder la función del documental de Scosese (un grande) sobre los Rolling Stones. Un tic me asaltó, y el cuello se me fue convirtiendo en un pedazo de pellejo de chancho reseco. Pero de eso tampoco tiene la culpa el mes de agosto.

Y en el sueño de esta noche, este primo de Kermit the Frog entró, me miró fijamente y empezó a preguntar me sobre cosas que jamás revelé a rana alguna, ni siquiera a Reptilio, otro que en sueños me ha visitado, con el que me tomé un Johnny. Maldición, esta basura sabe demasiado de mí, me espía, reduce mi privacidad… todas las paranoias a mí. TODAS.

Pero de esto tampoco tiene la culpa el mes de agosto, aunque aún tenga congelados los pies

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