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correrías de un corrector

  • Cómo pasa el tiempo

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  • Expediente del Reo Libre

Día Cuatro

Publicado por Christian Avalos en 24 Agosto 2008

Solo lo quise colgar porque es un cague de risa... ¿o no?

Solo lo quise colgar porque es un cague de risa... ¿o no?

Es extraño: todos le echan la culpa a agosto de ser el mes más frío del año. Sin embargo, el frío de agosto no me parece ni el peor ni más oscuro me parece su cielo, aunque haya días en los que el gris más está sobre los rostros de los limeños que sobre sus cabezas (de ninguna manera estoy hablando de caspa aquí). Tan solo creo que el firmamento quiere estar triste porque le da la gana. Por eso hay gente que como no tiene otra cosa mejor que hacer, se dedica a romper las carlos bolognas de los demás con impertinentes tocadas de puerta… damn it, por qué a mí me pasan esas cosas. Ni siquiera pude encontrar paz en mis sueños, quizás soñarme en algún lugar paradisíaco, pero no, si me sueño en el Caribe, me sueño en Guantánamo, en la República Dominicana de Trujillo o en la isla de Gilligan: me he soñado abandonado (en Lima), asaltado (en el Callao) y acosado (en mis irreductibles ocho metros cuadrados), acribillado a preguntas, perseguido por el Gran Hermano, con los talones pisados por un Dupin infernal, por un Rin Tin Tin disfrazado de Cancerbero… se nota que no he dormido bien en estos días.

Y de esto no tiene el mes agosto la más mínima culpa. Es el mes de mi cumpleaños, el mes en el que me siento hasta ser una roca (la lluvia no me toca, tampoco ese choro que me paletea para saber si tengo billetera) sobre mi cama y evalúo todas las cosas que en mi vida han pasado durante los últimos doce meses, siempre bien provisto de hepabiontas y papel higiénico. Y es la primera vez que hago un balance lejos de casa, lejos de los extraños sonidos de San Juan de Lurigancho (de sus cohetes que parecen balas y balas que parecen cohetes). Olvidaré que tengo los pies helados. No me estoy haciendo viejo… NO. Por más que mi mejor amiga esté a punto de dar a luz… NO. No sentiré frío por eso… n… no… Por favor, pásenme el Icy Hot.

Olvidaré también que ayer, mientras escribía feliz y contento, una cara batracia de alguien innombrable me quiso hacer el avión me cortó toda inspiración, concentración y ganas de cantar en la ducha. No soporté aquella afrenta de esa cara de sapo y me salí de la casa de Pando. Me fui directo a pasar algo de frío sobre el techo de la casa de mis padres, para pensar en otras cosas y olvidar aquel molestísimo rostro anfibio que además me hizo perder la función del documental de Scosese (un grande) sobre los Rolling Stones. Un tic me asaltó, y el cuello se me fue convirtiendo en un pedazo de pellejo de chancho reseco. Pero de eso tampoco tiene la culpa el mes de agosto.

Y en el sueño de esta noche, este primo de Kermit the Frog entró, me miró fijamente y empezó a preguntar me sobre cosas que jamás revelé a rana alguna, ni siquiera a Reptilio, otro que en sueños me ha visitado, con el que me tomé un Johnny. Maldición, esta basura sabe demasiado de mí, me espía, reduce mi privacidad… todas las paranoias a mí. TODAS.

Pero de esto tampoco tiene la culpa el mes de agosto, aunque aún tenga congelados los pies

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Día Tres

Publicado por Christian Avalos en 23 Agosto 2008

Nos había presentado una amiga de la que ahora no sabemos nada, en La Marina, cuando ella fue a escuchar tocar al que luego sería padre de sus hijos, o al menos ya de uno. “En circunstancias más felices”, pensé, mientras gotas tan diminutas como cerebros de congresistas empañaban mis anteojos frente a la iglesia del parque Kennedy de Miraflores. Caminábamos, éramos cuatro, alguien no dejaba de hablar. Por suerte, no era yo. Ella, quizás muy tímida, no decía mucho mientras errábamos en Marina Park. Lo básico: nombre, qué estudiaba y dónde. Suficiente información: seguimos buscando al bendito cretino ese.

“La siguiente vez también fue más feliz”. Y fue en la casa de la buscacretinos. Yo en terno luego de una primera comunión, ella vestida con una chompa negra, y un pantalón que creo era del mismo color, sentada sobre el sofá en el que yo otras veces dormí, lloré, vomité. “Si ella lo hubiese sabido a tiempo…”. Quedamos para un café, luego de haber conversado algo más sobre la carrera, los pequeños logros, las grandes expectativas, y las palabras, cada una como un albatros gigante, no sonaban extrañas, más bien casi no querían sonar. Las mías tropezaban (frente a ella, escuchándola por el teléfono, mirando por una cámara web), las de ellas también, pero se atropellaban porque sí.

“No, no, esas son las mentiras que te estás creando ahora”, me dijo un gato miraflorino (pitucón, claro está), que fumaba un porrito de hierba, sin humildad. Pero ¿acaso era mentira que las sílabas yo las deslizaba desde un sismógrafo cada vez que quería sonarle a algo más que un amigo gracioso? Ese café, dicho sea de paso, demoró más de dos años en concretarse. “Y esa espera fue larga, pero no lo fue tanto, y no fue tan mala: no lloviznaba al menos”. Y como aquella vez, ella tampoco tenía celular, por decisión propia, decía. Buscacretinos dijo “por fin”, pero no te emociones, que ella no se va a fijar en ti. A veces la amistad es la mierda más dolorosa que existe.

Al fin, los dos solos, en algún punto de San Miguel, conversando sobre ella, su trabajo, la universidad, lo pesado que es la vida; yo, de mis desvaríos, de mi locura de un viaje cheguevariano. No como ahora: plantado más de una hora esperando, aunque le dije, si lo que tienes que conversar con tu amiga es tan urgente no importa, lo dejamos para otro día, total, yo puedo esperar, y preferiría esperar que tengas otro día libre de la redacción de tu tesis a momificarme viendo gatos pardos correr carros como si fueran olas por Miraflores. Lo que hace uno a veces. Lo que sí sé que no volveré a hacer es creerle que “ya está llegando, en cinco minutos”. Ya no más.

Eso digo ahora, pero lo volveré a hacer, y volveré a escucharla, con un café, una cerveza, de los cretinos (suyos ahora, no de otra) que ella también buscó, con los que compartió la banca de un parque cerca a su universidad y a mi casa (la misma banca que compartió conmigo, me lo dijo), por los que viajó fuera del país, y por los que pasó por las mismas calles que yo, quizás hasta por el mismo lado de la acera. “No se va a fijar en ti”, luego de la cerveza y la última conversación hasta la una de la mañana creo que eso es más sólido que el muro de la Piedra de los Doce Ángulos. Porque presento mi currículo y mi expediente parece un pasquín de la CGTP al lado de los archivadores enteros que otros presentan. Aber ich spreche Deutsch… No, manito, tú no esprejas doych.

La seguiré admirando desde el otro lado de la vitrina, hasta la última vez que pueda, aunque para eso tenga que esperar más de dos horas, parado frente a un mimo que por una moneda me haga una morisqueta. Aunque ella aún espere algo que quizás ni recuerde: el poema que yo debí escribirle y que nunca hice, algo que sin tener que mencionar la palabra la expresara claramente, no una adivinanza, sino eso que siempre le dije con los ojos y jamás con la boca, algo que no suene a Jane Austen (que ella leyó), y que le deje esa cosquilla que yo volví a sentir cuando ella callaba, sonreía (dejando ver sus frenillos) y permitía que yo dibujara sus labios con mis pupilas.

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Día Dos

Publicado por Christian Avalos en 22 Agosto 2008

Anoche conversaba con alguien muy especial para mí. Me dijo “¿por qué tiraste la toalla?”, y no supe qué responderle, solo pude decir “porque ya estaba harto”. De estar harto ya tengo algunos años, pero no creo que esa sea una buena opción para dejar de lado las cuentas pendientes que tengo con la vida, y sentarme a un lado a ver cómo pasa el tiempo, cómo viene la muerte tan callando.

En todo eso pensaba mientras caminaba perdido en las calles de Breña, buscando la casa de un profesor mío cuya cátedra era más efectiva que un coctel de diazepán forte, pero con el que habíamos trabajado un libro en la editorial en la que ahora estoy. La llovizna hizo crujir mis huesos casi como si fueran galletas de soda. Cuánto hubiese querido que alguien me acompañara en la caminata (en mi vida esa es una constante: lluvia, asfalto, un amigo, pantalón manchado de lodo de lluvia, medias rotas), pero era mejor así, tenía ahora que conversar conmigo mismo. Es decir, plantearme seriamente aquellos asuntos que hasta hace poco solo eran declaraciones hechas muy ligeramente, hechas para callar a las preguntas como las de esta persona especial y para aniquilar a mi voraz conciencia.

Volviendo a lo de “estar harto”. La vida, mientras uno no rompe el cordón umbilical, puede hasta parecer idílica, no hay como tener padres comprensivos y lo suficientemente jóvenes para comprender que a un estudiante se le deja tranquilo hasta que consiga todo lo que en este mundo puede profesionalmente conseguir. Eso claro, si tienes esa suerte. Si no, igual, te tienes que romper el lomo trabajando y tragarte todos los sapos que hay que tragarse en este mundo. Y si estás en esas, tu peor opción es “hartarte” de todo lo que te rodea, pues, en verdad, no hay más opción para salir adelante. Y es cierto que acumulé muchas cosas sobre el lomo, mucha bilis recargada, y por eso pateé ya tantas veces tantos tableros (ajedrez, damas chinas y Monopoly incluidos). Pero ya no es recomendable estar con esa mentalidad de “paren el mundo que me bajo”.

Sigo caminando por Breña. Un pomeranian me olfatea y me ladra. Creo que le caí mal. Ando perdido ya hace unos quince minutos y no sé a dónde más ir. Avancé unas casas más, hasta descubrir que ya dos cuadras que tienen la misma numeración. La referencia que el profesor me da ya no es tan clara ahora. El pomeranian realmente se irrita al verme pasar por tercera vez frente a su casa. Creo que es hembra, porque tiene la actitud de vieja chismosa de barrio. Ya hay ahora como cinco perros que me ladran, entre ellos, un beagle. Ese ladrido su me dolió. Tendré que llamar al profesor:
–No encuentro su calle.
–¿Dónde está usted?
–Estoy en la anticuchería Vicky
–Siga usted de frente…
–¿Hacia el parque Maldonado?
–¿Pero hacia dónde se está yendo?, ¿en dónde está usted?, ¿quién eres?, ¿por qué me persigues?
–Profesor, usted me dijo que entre la cuadra ocho y nueve de Cornejo.
–Así es.
–Hay dos cuadras ocho aquí.
–Busque usted el edificio nuevo amarillo.
–¿Amarillo como flan?
–Más bien un amarillo aparduzcado grisáceo verdoso.
–Ya entiendo.
–Por ahí busque la calle Nabucodonosor.
–Yala, profe.
–Oirá usted el ladrido de un pomeranian.
–Lamentablemente lo oigo.

Para esto, el pomeranian, miniatura de chow chow, de cabeza aleonada y de ojos saltones como un pekinés antiolímpico, me miraba furiosamente mientras mordía un hueso de carnaza que dejó hecho jirones. No me dejaba escuchar lo que el profesor me decía para llegar a su casa. Le pedí que hablara más alto porque los ladridos de un perro no me dejaban oírlo.

–Es el pomeranian, ¿verdad?
–Sí
–¿Le incomoda?
–Un poco.
–Entonces, mátelo.
–¿Cómo dice usted?
–Que si tanto le incomoda el perro, que se deshaga de él.
–Con gusto, profesor.

Llego a la calle, y a la casa. El pomeranian yace exánime entre el asfalto que lo va cubriendo como una mortaja espejada y agrietada. Yo sigo pensando en las cosas que quedan pendientes aún en mi vida. Toco el timbre, que está al lado de una gran reja blanca. El profesor sale de su casa, me estuvo esperando. Le estoy llevando su encargo: la prueba preliminar de su libro, para que pueda apreciarlo y consultarlo con su almohada. Me agradece y me pregunta por el pomeranian. Le dije que el perro ya era historia canina.

–Menos mal, ya me tenía harto el maldito animal, cagando siempre mis rosales.

Detrás del profesor, el tufillo de un tal Miro Ruiz… me sentí tan mal de ser un canicida. Son tristes y extrañas las cosas que uno puede llegar a hacer cuando se está harto.

Me despido; salgo caminando hacia la Brasil, luego de atravesar toda la avenida Cornejo.

Este perrito es un pomeranian

Este perrito es un pomeranian

 

 

 

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Día Uno

Publicado por Christian Avalos en 21 Agosto 2008

Qué tal. Yo soy Reo Libre, y esto no es El francotirador… Sin embargo, me gustaría, de tener la oportunidad, entrevistar a alguien conocido (alguien a quien reconoceríamos en la calle diciendo “ahí va el de la tele…”) y preguntarle “¿Alguna vez has ido a la calle Azángaro?”. Por supuesto, si lo hicieron, igual dirían que no. Porque no es muy bonito –para nadie– decir que se estuvo en una calle conocida no por las “amiga-llamada-llamada”, no por las copias a cero treinta y tres (esto claro, sí es conocido en las facultades de derecho de Lima y en otras más), no por la venta de libros jurídicos, sino más bien por el viejo arte de falsificar documentos y no morir en el intento. Entonces, solo los abogados (además de toda la gente honorable que trabaja y vive en la décima cuadra de dicha calle, que desemboca a un lado de Palacio de Justicia) podrían decir que estuvieron ahí por ser la inevitable ruta hacia la Madriguera Mayor, y porque ahí que el restorán del chino, de seis soles el menú, el Pasaje de la tía Veneno (tres cincuenta segundo más antídoto, es decir, refresco) o el aristocrático Arturo, tradicional y punto obligado del gordito Gastón Acurio aquella vez que hizo su paseíto butifarrero por el centro de Lima.

Yo sé quién diría que estuvo por ahí: Lourdes Flores Nano, y yo le diría cuándo: el sábado 16 de agosto de 2008, en aquel desfile, hijo delirante del más puro non-sense limeño, cívico de cruzada contra la corrupción y contra la falsificación de documentos. Pasó delante de mí, debajo de mí, en verdad, yo la observaba desde mi discreto segundo piso, detrás de una banderola con frases alusivas a la causa: abajo la corrupción, badabí, badabá.

¡Aguanta!, dirán los vivos, o sea que tú, chistoso, estuviste en esa callecita, y por lo visto muchas veces. Claro, soy estudiante de Derecho, trabajo de asistente editorial de una editora jurídica y además saqué copias un par de veces en esa callecita. Además de que me serví de ella para escribir algunas anécdotas en mi anterior blog de Reo Libre. He visto salir al sol entre las nubes de esmog citadino, lo he visto hundirse entre las ruinas del Paseo de los Héroes Navales; vi a Judas calato por el susto del quince de agosto del año pasado y he visto a un chino que toca una batería invisible bajarse un porro de mixto (catastrófica mezcla de marihuana meada, gras de parque, talco para pies, PBC, querosén y requesón) en dos pases de timbales, platillos y bombo gaseosos.

Así que algo de razón debo tener cuando afirmo lo que otros ahí ya saben: el negocio (paradójica palabra, ya que los tramitadores de esa calle son los más grandes vagos que conozco, que no creo que sepan que “negocio” viene de nec y otium, o algo así como ‘no-ocio’) no puede parar. Y por más en que se esfuercen en hacer creer a la gente de que la presencia policial en esa calle asegura la disminución de la falsificación de documentos, esa es una gran mentira. Porque la “protección policial” empieza en la esquina de Aljovín y Azángaro, y los tramitadores arreglan en la esquina de Paseo de la República y Aljovín (en otras palabras, a menos de cincuenta metros de donde está la tombería): están en Lampa, Roosevelt e, increíblemente, en el Parque Universitario. Conviven con los tramitadores, hasta almuerzan con ellos. Solo cuando ya hay mucho roche hay una redada o un amague de “te ampayé” que acaba solo algunas horas después. Hace algunos años se denunció en un programa televisivo que uno de los “notarios” azangarianos era un familiar cercano del entonces comisario de la calle Cotabambas. Si aquello fuera cierto, entonces… ¿será cierto que ahora se lucha sin cuartel contra la corrupción y la falsificación?

–Causita –le pide el hombre de verde a un acomedido tramitador–, pásame la sal.

–Caballero, como no.

Eso queda de tarea para la casa. Y esta es solo parte de mi respuesta: en aquella marcha contra la falsificación, en donde la luluciana candidata paseó por breves instantes por la paradisíaca calle, un tramitador sostenía un cartel (hecho de cartón de caja de leche) que decía “Estudia: no vayas a Azangaro” (sic).

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